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1 Decir que soy policía secreto es decir poco, trabajo en una subdivisión todavía más secreta, más oculta y, según he sentido en más de una ocasión, inexistente, soy, por decirlo con el término que nos identifica dentro de la organización: policía invisible. Esta oscura subdivisión requiere de individuos con ciertas características físicas y emocionales, todos somos, por ejemplo, altos y pacientes, discretos y con visión aguda, intuitivos, propensos a la reflexión y al pronóstico, más que vigilar somos especialistas en el acecho. Pero voy por partes, para que se me entienda: cualquiera que haya visitado un supermercado ha visto esas columnas forradas de espejos que están ahí pretendiendo que sostienen el techo; pero muy pocos saben que adentro, detrás de esos espejos aparentemente inocuos, hay un policía que vigila los movimientos de la clientela. Latet anguis in herba, una serpiente se oculta en la hierba, diría yo si en lugar de policía invisible fuera poeta renacentista. He pasado, en rigurosa rotación con mis colegas invisibles, por todas las columnas del supermercado que me toca acechar y puedo decir, con toda seguridad, que la naturaleza de un producto condiciona el comportamiento del cliente. No es lo mismo escoger verdura o fruta que alimento para el gato. Quién escruta o tienta un montón de manzanas o de peras, se encorva sobre el exhibidor, frunce el seño, levanta la pieza como si fuera a examinarla a contraluz, la oprime con la yema de los dedos y hay quién, disimuladamente, la avienta y la atrapa para localizar, por ejemplo en un kiwi, esas calidades que pueden verse exclusivamente cuando se somete al producto a las leyes de la aerodinámica. En cambio comprar alimento para el gato es una actividad más relajada, se opta siempre por la misma marca, por tal o cual combinación de carnes, en todo caso se observa la lata para comprobar que no tenga abolladuras, la fecha de caducidad quizá. La relación con las carnes y los pescados es más distante, el cliente no se abate sobre los exhibidores como sucede con las verduras y las frutas, en primera instancia porque estos productos suelen encontrarse en refrigeradores y después, supongo, porque no es lo mismo acercarse a un vegetal que a un cuerpo que, cuando le funcionaban los órganos, trotaba o se zambullía de aquí para allá. Las pastas, las harinas, los champús y demás productos inanimados son escogidos con el mismo desparpajo con que los clientes cogen el alimento para gato. Estas son las líneas generales con las que un policía invisible debe estar familiarizado, si alguien manipula un pescado con la actitud de quién espurga una col de Bruselas, se convierte de inmediato en la prioridad de nuestras observaciones, de nuestro acecho. Por otra parte hay zonas muy acotadas como la de vinos y licores; un policía invisible competente distingue de lejos a quién va por una botella, descifra en el acto su andar festivo y a la vez culposo; esta sección es la que más gestos puede sacarle a un rostro, ojos empequeñecidos para descifrar que clase de reserva o de crianza se tiene entre las manos, la boca chueca cuando se descubre que el precio es demasiado elevado o la boca abierta cuando la cantidad resulta menor de lo que se pensaba gastar. La fauna del supermercado, el ama de casa, la criada, el soltero, el que salió de la oficina a comprar algo, la jóven casada, la casta, el soldado, una antología del mundo desfila diario ante mi puesto de trabajo y cada uno es como es frente al exhibidor, natura non facit saltus, diría yo. 2 Se preguntarán que porqué tanto latinajo en un policía invisible, y yo no tengo más respuesta que la tiranía genética. Mi abuelo era policía secreto, merodeó durante sesenta y cinco años por las zonas oscuras de la ciudad, hasta que un día, a causa de la sordera parcial que lo aislaba del lado izquierdo del mundo, fue ultimado por un autobús el mismo día que cumplía noventa años de edad. Durante casi tres décadas estuvo evadiendo su derecho a la jubilación, solapado por su jefe que era contemporáneo suyo y que veía en la vitalidad laboral de mi abuelo la cohartada para permanecer él mismo en su escritorio. Mi abuela lloró sin mucho entusiasmo su muerte y aceptó la pensión de viudez que le otorgó el cuerpo de policía. Yo entonces era un muchacho que asistía a aquel drama verdaderamente fascinado por el espíritu de la policía secreta, el sigilo, la prestancia, el deseo de servir, entresacaba yo la vera effigies, lo que había en el origen de aquella cloaca que luego acaban siendo los cuerpos policiacos. Luego vino la sorpresa que dejó mi abuelo en su testamento, estipulaba en una cláusula que parte de la pensión que recibiría mi abuela debería invertirse en mi educación, en financiarme una carrera universitaria que me alejara de la tentación de convertirme en policía, algo percibía mi abuelo en la fascinación con la que oía sus historias y miraba su instrumental de hombre empeñado en hacer cumplir la ley, un arma, una libreta, un artilugio híbrido entre navaja y lupa. El otro cincuenta por ciento de la tiranía genética que me define fue puesto por mi padre que es filósofo, qualis pater, talis filius, filósofo titulado con honores en la universidad y además galardonado con el premio Voltaire, que otorga anualmente el gobierno de Bélgica. Un ensayo sobre Leibniz le valió aquel galardón, que le fue entregado en 1965 y el galardón sirvió para que una compañía de cremas y maquillajes, y después una que fabricaba automóviles, lo reclutaran como pensador de estrategias “filosóficas” para mover en el mercado productos específicos. Mi padre se aburrió pronto del corsé mercadotécnico que constreñía su pensamiento y regresó a la universidad como investigador y ahí, paulatinamente, en la penumbra de su cubículo, fue aficionándose al alcohol. Mi infancia y mi juventud estuvieron permeadas por sus peroratas filosóficas, al grado de qué cuando mi abuela me comunicó aquella cláusula del testamento yo sin asomo de duda dije que quería estudiar filosofía, por el resto de admiración que todavía le tenía a mi padre y también porque aquellas peroratas me habían ahorrado la mitad del camino y me habían situado desde el principio en la posición del alumno más aventajado, aún cuando mis mecanismos mentales eran profundamente heterodóxos y, por ejemplo, asociaban a Hobbes con el ron Bacardi blanco y a Husserl con el Ballantines. Hoy mi padre es una gloria del sistema nacional de investigadores, aunque en realidad es una ruina que bebe todo el día frente al televisor, unum et idem. 3 Desde mi puesto privilegiado de observación, privilegiado porque veo sin que me vean, le he echado el guante a más de cincuenta delincuentes, raterillos diría yo con más presición. Puedo distinguirlos desde que entran en mi zona de vigilancia, la forma en que miran y se mueven, todo los delata desde antes de que cometan su fechoría. Mueven los ojos de aquí para allá y cuando están seguros de que nadie los mira (ni sospechan desde luego que dentro de esa columna que aparentemente sostiene el techo hay un policía invisible) se meten un producto al bolsillo o a un maletín o entre las ropas. Entonces yo me comunicó por radio con mi superior y le digo lo que he visto, lo que se que el infractor lleva y donde lo esconde, luego mi superior envía a un policía estándar que efectúa la captura en la zona de cajas. Un par de veces me ha pasado que, movido por un sentimiento ambiguo, he dejado escapar al infractor. Uno era un chaval triste, horriblemente pobre y muy jodido que se metió tres latas de alimento para gato entre las ropas (veo que he mencionado el alimento para gato con obsesiva insistencia, tendré que reflexionar en ello porque ni tengo gato ni quiero uno); lo primero que pensé de aquel chaval fue que tenía una mascota muerta de hambre y que esas latas eran la posibilidad de devolverle la vida, pero luego pensé que a lo mejor era él mismo quién, por desesperación o por vicio, iba a cenarse esas latas, las dos posibilidades me produjeron lástima y lo deje irse con su botín deprimente. La otra era una mujer que ya había yo visto entre las estanterías de mi zona, me había fijado en ella porque siempre se acercaba al espejo aparente de mi columna para revisarse la boca, primero la apretaba y la distendía para comprobar, supongo, el estado de la pintura de labios y después se revisaba los dientes y los molares, todo con disimulo, cuidando que no entrara nadie al pasillo y la viera haciéndole visajes al espejo; el caso es que tantas revisiones crearon algo de intimidad entre nosotros, quiero decir de mi hacía ella, y gracias a ese sentimiento unilateral me hice de la vista gorda un día que se embolsó dos barras de chocolate, no se, me hizo gracia que esa mujer con aspecto de tener muchos recursos robara por gusto, por ocio, quizá por vengarse de algo (tendré que reflexionar también sobre ésto, en el chocolate como arma vengativa). Esas dos han sido las únicas veces en que he dejado ir vivo a alguien y, aunque les parezca extraño, me producen cierto orgullo, me hacen pensar que no solamente cumplo cabalmente con mi deber de policía invisible, sino que también decido cuando no cumplo y esto, ex opere operato, es sumamente gratificante. Dentro de esa gama de clientes que se mira al espejo sin saber que yo las miro, hay dos que desde el principio percibí rodeadas por el misterio. Una era una criada filipina que se acercaba con mucha cautela a mi columna aparente y una vez ahí, cuando estaba segura de que nadie la veía, se revisaba la suela de los zapatos en el espejo (un gesto cuya naturaleza no he podido descifrar pues le hubiera sido más fácil revisarse las suelas directamente). El otro era un señor de apariencia normal que durante semanas, en días diversos, había rondado sospechosamente mi columna; hacía como que revisaba un producto de la estantería pero en realidad no me quitaba los ojos de encima, quiero decir, al espejo que me hacía invisible, aunque cada vez que lo hacía me quedaba con la sensación de que sabía que había alguien ahí que lo estaba vigilando y eso lo hacía mirar con cierta coquetería, ¿un expolicía invisible?, llegué a pensar, pero semanas más tarde esta idea fue barrida por el aturdimiento: lo ví acercarse como era su costumbre desde el final del pasillo pero ese día, contra su costumbre, tenía los ojos fijos en la columna, justamente en donde estaban los míos, tanto que consiguió ponerme nervioso, me hizo pensar en la vulnerabilidad del policía invisible que de pronto es visible para alguien, y pensaba yo esto cuando el señor, sin mover sus ojos de los míos, se detuvo un instante frente a mi columna, el tiempo justo para abrirse la gabardina y enseñarle al espejo, o no se si a mí, el alborozo de su sistema reproductor. Aquello se volvió costumbre, cada semana aparecía aquel hombre, a distintas horas y en distintos días a enseñarme lo mismo, un enigma que luego vino a complicarse como voy a contarles en el inciso cuatro de esta narración, donde expongo lo que ha partir de unos modestos indicios he colegido y que me tiene ahora trabajando, desde hace días, en su intricada solución. 4 El supermercado donde desempeño mi oficio de policía invisible había lanzado una promoción que fue una bomba. A cada cliente se le entregaba, según la cantidad de dinero que gastara en productos, cierto número de boletos para participar en el sorteo de un Mercedes Benz de lujo. Los pasillos estuvieron más llenos que nunca durante las cuatro semanas que duró la promoción y las cajas recaudaron sumas extraordinarias, todo salió a pedir de boca excepto un detalle que metió en un lío legal al director de la cadena de supermercados. Resulta que una criada filipina, la misma que se revisaba en mi columna las suelas de los zapatos, llegó a la caja registradora con un carro lleno de cosas que le había encargado su patrona; pagó con el dinero que le habían dado para hacer la compra y junto con el ticket recibió tres boletos para el sorteo del Mercedez Benz. ¿Para qué es ésto?, preguntó la criada, y la señorita de la caja, sin sospechar que su respuesta iba a costarle el empleo, le dijo que rellenara los talones con sus datos y que depositara los boletos en la urna que estaba ubicada a la salida del supermercado. Y así lo hizo esta criada filipina de nombre Yukón que arrastró la compra calle arriba hasta el piso donde vivía con sus patrones. La señora de la casa acudió a la cocina en cuanto oyó que su filipina vaciaba las bolsas del supermercado, ¿encontraste todo Yukón?, y Yukón hizo un reporte completo, de lo que encontró y lo que no y el recuento de una tercia de productos que no le habían encargado y sin embargo ella sentía que hacían falta en casa; dejó para el final la anécdota de los boletos para la rifa, que en ese momento era una banalidad, le explicó a la señora que por indicaciones expresas de la cajera había llenado los talones con su nombre, es decir, Yukón Ortiz que vivía en tal calle y tenía tal número telefónico, aún cuando lo único que era realmente de ella era su nombre y el resto correspondía a la casa donde trabajaba, es decir, la casa de sus patrones. La señora, sin mucho respeto por el azar y sus engranajes, celebró la anécdota y al final de la comida, para acompañar el postre, la comentó con su esposo. El esposo lo festejó sin demasiado entusiasmo e involuntariamente movió, con una pregunta chispeante, aquellos engranajes: ¿ y si gana el sorteo?, dijo con un asombro anticipado y un canino oscurecido por la galleta de chocolate que acababa de morder. Luego rectificó y dijo, y más bien se dijo a sí mismo, que eso era muy poco probable, el tema quedó zanjado con esa frase y no volvió a abordarse hasta tres días más tarde cuando le notificaron a Yukón que había ganado el Mercedes-Benz de lujo. Qué bien –dijo la señora en cuanto la filipina le comunicó la noticia- ahora tendrás que aprender a conducir. Yo estaba pensando regalársela a usted y al señor que han sido tan buenos conmigo; replicó la criada. ¡De ninguna manera¡, dijo la señora con un grito que iba dirigido a ella misma y ácto seguido le ofreció acompañarla por el premio. Fueron las dos en taxi al supermercado, hubo una ceremonia que pude contemplar a retazos desde mi columna de policía invisible y ahí fue donde ví que se trataba de la filipina que se revisaba las suelas. La señora regresó conduciendo el premio junto a Yukón que iba jugando el rol de copiloto azorado y llegando al garaje acomodó el premio detrás de su coche, que no estaba mal pero que de ninguna forma era un Mercedes-Benz de lujo. Unas horas más tarde el esposo, que no estaba al tanto del feliz acontecimiento, estacionó su automóvil detrás del flamante premio de Yukón. Subió a brincos las escaleras ansioso por preguntarle a su mujer si era cierto eso que él había juzgado como muy poco probable. Como era dueño de una conciencia social sólida y amplia estuvo de acuerdo con su mujer en no aceptar el regalo que deseaba hacerles la Filipina, pero también pensó, y por supuesto no lo dijo, que quizá podían llegar a un arreglo más mesurado, menos radical, y cambiarle a la criada su Mercedes por el Seat de él que tampoco estaba nada mal. Comieron de prisa y en completo silencio, excepto por las dos intentonas infructuosas que hizo ella para espantar de la mesa el tema. Luego él se cepilló los dientes con un exceso de espumarrajos y salió pitando a su oficina donde durante toda la tarde maltrató sin razón aparente a la secretaria y a un par de subalternos. Mientras tanto su mujer en casa iba y venía de la tele a un libro y entre una y otro se concedía un periodo prolongado de mirar el techo, de calcular posibilidades, de buscarse una salida equilibrada de la que después no fuera a arrepentirse. En la noche se metieron los dos en la cama, cada uno a mirar el techo por su cuenta, sin pronunciar palabra durante el tiempo que le tomó a ella explotar y decir eso que ninguno de los dos se había atrevido a decir : la verdad es que el dinero que gastó Yukón en el supermercado era nuestro. El marido, sin quitar la vista del techo ni las manos de debajo de la nuca, completó el embrión de silogismo que había propuesto ella, lo hizo con mucha mesura, con una calma que anunciaba la tempestad que venía. A la mañana siguiente Yukón notó cierta hostilidad a la hora del desayuno, de la noche a la mañana sus patrones comenzaron a hablarle golpeado y a llamarla Yukón y no Yúko, como solían decirle de cariño, y ésto último era lo que más la desconcertaba. A la hora de la comida, antes de que llegara el señor, Yukón se animó a preguntar si sucedía algo, la señora le respondió, sin voltear a verla, que no sucedía nada y como prueba exhibió una sonrisa a fuerza, una mueca bastante amarga y propia de quién ha perdido un Mercedes-Benz de lujo. Tres días después ví, desde mi columna de policía invisible, de manera parcial por que no tenía altura suficiente, como el señor, fuera de si, irrumpía en la zona de cajas con Yukón a rastras, post equitem sedet atra cura, la negra pena monta a la grupa del caballero, diagnostiqué entonces al ver aquella escena limítrofe donde algo, yo no sabía todavía qué, estaba llegando a su final. El señor iba greñudo, sin afeitar y vestía un traje cuyas piezas no hacían juego, venía jalando a la pobre criada al tiempo que gritaba ,¡quién fue la perra que te obligó a rellenar esos boletos!, y entonces posaba a discreción sobre las cajeras sus ojos inyectados. Yukón trataba de contenerlo con el único método que estaba a su alcance y que era gritar más fuerte que él, con un acento filipino que intensificaba esa escena de por sí dramática: ¡si ya le he dicho que se quede con el coche!. El gerente, apoyado por dos policías estándar, comenzó a forcejear con el señor, trataba de conducirlo a su oficina, lejos de la mirada de la clientela que ya empezaba a manifestar su curiosidad. A mitad del forcejeo vi como el señor iracundo clavaba los ojos en los míos, quiero decir en los de mi columna de policía invisible, e inmediatamente después ví, aterrado, como se liberaba del brazo de policía que lo iba sujetando y se echaba a correr en dirección a mí, una carrera loca por el pasillo que se detuvo frente al espejo en el momento justo en que reconocí al hombre que se exhibía cada semana ante mis ojos, greñudo, desliñado y barbón y sin embargo el mismo que comenzó ahí a desabrocharse con manos temblorosas los pantalones, un intento que fue interrumpido por los policías que se lo llevaron a rastras fuera del supermercado, res, non verba, realidad, no palabras, dije, y desde entonces, hace días ya, mientras acecho a la clientela dentro de mi columna de policía invisible, doy vueltas y vueltas alrededor de este enigma. |